Hay momentos en que el tiempo parece detenerse. El mundo aguarda instantes mágicos; de trazos indescriptibles, en los que uno tiene que frotarse los ojos más de una vez para darse cuenta de que no está soñando. Tal vorágine de espectáculo se acentúa cuando se lleva a cabo en un escenario mítico, aquel que desprende historias, leyendas y mitos por sí solo. Existe una ley no escrita que relaciona estos momentos con el deporte. No ocurren a menudo; pero lo hacen.
Algo así sucedió esta pasada madrugada. Nada más y nada menos que en el Madison Square Garden. Sobran los calificativos para elevar este santuario hasta el cielo. El hogar de los New York Knicks recibía a los Lakers de Bryant, Gasol y compañía. Al compás de una melodia celestial, los angelinos hicieron del baloncesto arte de la mano de sus dos referentes. Un gran espectáculo comandado por dos de los mejores. Uno, por suerte, es nuestro.
Ganó Los Ángeles. Vaya noticia. El marcador; 117-126. Otro notición. En la NBA, dada al espectáculo y amante de la velocidad, las anotacions elevadas son el pan de cada día. Sin embargo, esta victoria tuvo un sabor especial. Ganaron los Lakers, sí. Pero en gran parte gracias al acierto, más bien a la inspiración divina, de Bryant y Pau Gasol. El primero, un coleccionista de puntos, anotó 61 él solito. Una barbaridad, vamos. En estos casos, algunas voces ya claman hacia su juego “individualista”, le llaman “chupón” y todas estas cosas. Uno podrá abusar del balón, pero sólo alguien de la calidad de Kobe podrá firmar una puntuación así.