Valentino Rossi es uno de esos personajes que se divierte hasta límites insospechados cuando está muy cerca de un motor. Da igual que sea una moto, un monoplaza de Fórmula 1 o un coche preparado para disputar un rally. Su última locura, después de haber probado un Ferrari semanas atrás, ha sido disputar la última prueba del Mundial de Rallies.
Como era de esperar no ha ganado. Eso sí, no lo ha hecho nada mal para ser, en estas lides, un novato. Tiene madera de piloto. Lo demostró en Fórmula 1, con algún que otro susto, eso sí, y lo ha vuelto a demostrar ahora, al cerrar la cita galesa en duodécima posición.
Más allá del resultado, que es todo un aval para sus condiciones de piloto, lo cierto es que resulta paradójico en muchas ocasiones la facilidad que tienen unos para sentarse en al volante de un coche en una gran competición mundial.
En la carrera a completar por cualquier piloto sin nombre existen innumerables piedras que esquivar. El camino, lejos de ser una alfombra roja, está plagado de espinas que hace que la mayor parte de ellos se queden con las ganas de tener su oportunidad.
Las concesiones hechas por la Fórmula 1 y el Mundial de Rallies unos a Loeb y otros a Rossi resulta paradójica y a buen seguro que tiene que desatar más de un enfado de aquellos que año a año persisten en su duro trabajo y se quedan sin recompensa. No deja de ser una acción de marketing en la que los medios suelen caer para mayor satisfacción de los organizadores, mientras en rallies de tercera se pierden pilotos capaces de ofrecer mucho más al mundo del motor.


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