
Nadie dijo que fuera fácil, pero la victoria contra los lituanos ha sido una verdadera batalla con dulce final y merecido premio para la que probablemente sea la mejor selección de baloncesto toda nuestra historia. Talento a raudales, perfecta combinación de veteranía y juventud, y la base de aquella generación júnior que maravilló al mundo con su victoria en el Mundial de Lisboa ‘99. La medalla olímpica es el colofón final para este grupo que parece haberse habituado a cosechar éxito tras éxito, y que nos ha malacostumbrado a conocer a qué sabe la gloria, y hoy más que nunca.
No ha sido con la brillantez de otras ocasiones, ni con un juego espectacular, pero sí con la seriedad, tensión y concentración que la cita requería. Lituania no estaba dispuesta a dejarse pisar como ocurrió en la fase de preparación, y Sarunas Jasikevicius se encargó de concienciar al resto de sus compañeros de que ellos también se encontraban ante su última gran oportunidad olímpica. Al final un 91-86 que derrumbaba las aspiraciones bálticas y que nos ha dado el pase a una final olímpica 24 años después de Los Ángeles ‘84.
El primer cuarto dejó entrever qué tipo de partido nos brindarian españoles y lituanos. Cortas ventajas fruto de pequeños parciales conseguidos o bien por la inspiración de unos o por los errores defensivos del rival. No fue hasta el segundo cuarto cuando España consiguió alcanzar su máxima ventaja en todo el encuentro: 8 puntos que parecían abrir un placentero camino hacia la victoria. Pero los lituanos no estaban por la labor de asistir a un paseo triunfal español, y con un Jasikevicius bien atado en el tiro exterior, aparecieron artistas no invitados como Jasaitis y Lavrinovic que con un festival de 5 triples casi consecutivos conseguían poner por delante a Lituania y hacer pedazos la renta que tan sólo unos minutos antes daba la victoria momentanea a España.
La segunda parte fue un tira y afloja. Lituania conseguía mantenerse por encima en el electrónico gracias al rebote ofensivo y el acierto en los tiros libres. Pau Gasol seguía vigilado de cerca por todo el arsenal de pivots lituanos, pero ninguno de ellos consiguió pararle, eso y el trabajo subterráneo de Felipe Reyes y Marc Gasol, fue debilitando el potente juego interior báltico a base de faltas personales.
Pero en la dinámica de un partido totalmente trabado y ante las insistentes protestas lituanas, España supo mantener la paciencia necesaria para llegar al final con opciones. La ausencia de José Manuel Calderón dejó todo el peso del timón español al joven Ricky Rubio, que realizó una soberbia defensa a Jasikevicius y controló el ritmo del partido con la inestimable ayuda de Raul López. Increíble lo de este chico de 17 años. E igual de increíble el partidazo que se marcó el “abuelo” Jiménez desde la sombra: reboteó como nadie, anotó en los momentos que más se le necesitaba, y se multiplicó en los dos lados de la pista. Un trabajo poco vistoso al lado de los ames de Pau o Rudy, pero tan o más importante.
Y con el marcador igualado, Aito plantó una zona 2-3 celestial que descolocó el juego de ataque de Lituania y permitió a España colocarse por delante tras muchos minutos a la caza de Lituania. Y esta vez no dejarían escapar la oportunidad y así fue. Los lituanos se fueron quedando sin sus hombres altos y España consiguió ver el camino del aro a base de tiros libres. Victoria y fiesta española.
El domingo a las 8:30 estoy seguro que todos madrugaremos para ser testigos de una final que constituye un hito histórico para nuestro baloncesto. ¿El oro? Un sueño, pero para poder soñar con el Oro se tiene que llegar a la final. Y nosotros lo hemos conseguido.


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